La poeta que lloró hasta romperse, Enrique Vila-Matas

Poesía completa

Alejandra Pizarnik

Lumen. Barcelona , 2000

__________________________________________________

La poeta argentina - Alejandra Pizarnik (1936-1972)

Crece imparable la leyenda de Alejandra Pizarnik, no porque se matara joven en 1972, sobredosis de seconal, a la edad de 36 años , sino porque las fuerzas de su lenguaje, unas “damas solitarias y desoladas”, resisten el paso del tiempo. Esas damas solitarias eran las palabras, que a su vez para ella eran temas. Cada palabra un tema. Sueño, muerte, infancia, terror, noche. Combinó estos temas incansablemente con una gran confianza en el lenguaje, que paradójicamente acabó despertando en ella la sospecha de que sus palabras tenían una dimensión mortal y tal vez lo único que nombraban era la ausencia.

“Alejandra Pizarnik”, escribe Luis Chitarroni. “Basta nombrarla para que en el aire vibren la poesía y la leyenda. Una lírica extrema y también una tragedia”.

Crece imparable el mito de Alejandra Pizarnik, sobre todo entre los lectores jóvenes, que ven en ella a alguien de la estirpe de Lautréamont y Artaud, que ven en ella como ha dicho Ana María Moix a una poeta que se internó por infiernos raramente visitados por la poesía contemporánea escrita en castellano. Crece su leyenda entre los jóvenes porque éstos andan averiguando por su cuenta no porque se lo faciliten las editoriales: de ahora que hubo en la literatura unos tiempos en los que los escritores eran figuras envueltas en el misterio, personajes excéntricos e inexplicables. Gente de otro mundo, no como los escritores actuales que en su mayoría declaran ser gente común y corriente, que tiene en el banco una cuenta corriente y administra la literatura desde el burócrata escritorio de su despacho corriente.

Al encanto de Pizarnik de ser una figura envuelta en el misterio y una personalidad inexplicable, hay que añadir el hecho de que palabra por palabra ella escribía la noche, y el lector que se acerque a ella descubrirá que esa escritura nocturna, que tenía un alto sentido del riesgo, nacía de la más pura necesidad, como a pocos escritores del siglo XX se les ha visto: una lírica extrema y también una tragedia.

A Alejandra Pizarnik le gustaban las noches ilusorias o artificiosas, las condesas sangrientas, lo negativo (“mi horizonte de maldoror con su perro”), el castillo de la pureza asombrosa de sus versos, el arte combinatorio (que ya hemos dicho que, limitado a unas cuentas palabras poéticas prestigiosas, la fue llevando al silencio y al suicidio de las mismas), el surrealismo, el abandono repentino en que caían sus poemas minimalistas y que ella pensaba que el lector debía completar, Arthur Rimbaud, la idea de matar al sol para instalar el reino de la noche negra, las anfetaminas y los antidepresivos, Lewis Carroll a través de sus espejos, las chicas jóvenes que se abren y se cierran en un ritmo animal muy puro, la Inmadurez (de la que hablaba Gombrowicz) como potencia oscura, los poemas-aforismos de Antonio Porchia, las extracciones de una piedra llamada locura, y el arte de Janis Joplin, a la que se comparó en unos versos: “Hay que llorar hasta romperse / para crear o decir una pequeña canción, / gritar tanto para cubrir los agujeros de la ausencia / eso hiciste vos, / eso yo”.

La potencia oscura de su Inmadurez produce una atracción irresistible, sorprende en estos aburridos tiempos de poesía de la experiencia o de lírica académica. Alejandra Pizarnik había nacido en Avellaneda, Argentina, hija de padres inmigrantes rusos y su biografía literaria comenzó muy pronto. En 1955, en Buenos Aires, la editorial Botella al Mar le publica su primer poemario, La tierra más ajena. Suele decirse que hizo de su vida y de su obra, a la manera de los poetas románticos o de un Antonin Artaud, una única aventura. Pero esto probablemente es discutible y además lleva a algunos comentaristas de su obra a llamarla “pequeña sonámbula en la cornisa de la niebla” y otras sandeces.

Entre 1960 y 1964 estudió en París, donde entró en contacto con Octavio Paz y Julio Cortázar, y con escritores franceses como, por ejemplo, Pieyre de Mandiargues, que le escribió con motivo de la publicación del que a mí me parece el más insomne y perturbador de sus libros, Extracción de la piedra de locura: “Tengo amor a tus poemas: querría que hicieras muchos y que tus poemas difundieran por todas partes el amor y el terror”.

“La que murió de su vestido azul está cantando. Canta imbuida de muerte al sol de su ebriedad. Adentro de su canción hay un vestido azul, hay un caballo blanco, hay un corazón verde tatuado con los ecos de los latidos de su corazón muerto”, puede leerse en ‘Cantora nocturna’, poema en prosa de Extracción de la piedra de locura, poema dedicado a Olga Orozco.

Amor y terror y tendencia al silencio y, sin embargo, Pizarnik canta. Regresó a Buenos Aires en 1964, donde escribiría obras maestras como El infierno musical al tiempo que hacían su aparición ciertos fantasmas mentales. Años de versos y de terapias psicoanalíticas y de frustrados intentos de suicidio con barbitúricos, y el insomnio peligroso siempre como telón de fondo, máscaras de la noche en lugares perdidos que sólo ella conocía: “Invitada a ir nada más que hasta el fondo”.

La edición de su Poesía completa, a cargo de Ana Becciú, recoge la obra poética publicada en vida de Pizarnik, los poemas póstumos recogidos por Olga Orozco y la propia Ana Becciú, y publicados en 1982 en Argentina, y poemas que han permanecido inéditos hasta la fecha. Todo esto a la espera de un segundo volumen también en Lumen que recogerá su obra en prosa, y un tercero muy esperado en el que podremos leer sus Diarios, es decir, podremos acercarnos a la verdadera vida de la escritora, ya que, a pesar de que suele decirse que fundía literatura y vida en sus poemas, hay motivos para sospechar que su voz no era tan subjetiva como se ha venido pensando hasta ahora; hay motivos para creer que en realidad esta poeta se fue construyendo como soporte de sus versos una personalidad que, bajo la apariencia de continuidad de una voz poética torturada, en realidad estaba constituida por muchas voces, tantas como las voces de Antonio Porchia, un gran poeta hoy absurdamente olvidado, su más que probable faro literario.

Y es que tal vez como dice César Aira la obra de Alejandra Pizarnik no sea más que la investigación de las metamorfosis del sujeto en la poesía, realizada con espíritu científico sobre los hechos mismos. De ahí que los poemas inéditos que se incluyen en Poesía completa den la impresión de que ella se encontraba a las puertas de darle una nueva vuelta de tuerca a su engañosa pero rigurosa subjetividad. Lo digo para quien quiera escucharme: cuando veamos que vida y obra se funden en la figura de un escritor, pensemos que la vida de éste es deliberadamente falsa y ha sido inventada sólo para dar soporte a la obra, que sí es verdadera.

Encontraron un poema póstumo escrito con tiza en el pizarrón de su cuarto de trabajo: “Criatura en plegaria / rabia contra la niebla / escrito en el crepúsculo / contra la opacidad / no quiero ir nada más que hasta el fondo / oh vida / oh lenguaje / oh Isidoro”. El conde de Lautréamont es Isidoro. Es como si este conde sangriento tuviera la llave que, al cerrarse la obra de ella para siempre, la abría al mismo tiempo al misterio del universo, lo que aseguraría la eterna juventud de esta dama solitaria y desolada de la poesía, hoy aparentemente parada. Está parada (diría Gombrowicz). Y está parada de modo tan absoluto y definitivo como si estuviese sentada.

Babelia, 3 de marzo de 2001

http://www.elpais.es/suplementos/babelia/20010303/b04.html

FUENTE

Artículo encontrado en Sololiteratura.com. Literatura hispanoamericana, que a su vez cita a El País.

Anuncios